La mayor de las inteligencias

LO QUE OPINA LA RAZA

Por Luz Coello

El final de semestre no existe. Aquello que denominan los estudiantes como “la tortura del cierre de semestre” es únicamente una predisposición a un estado emocional que limita las capacidades cognitivas y la racionalidad. Cuando un estudiante es sometido a una presión de trabajo ardua, los pensamientos negativos tienden a aumentar —en gran medida—, a diferencia del resto del semestre. Al tratarse de las últimas semanas para finalizar el curso, entran en juego diversos sentimientos que se propagan en la universidad –sin importar la carrera–, por ejemplo: estrés, angustia, tristeza, miedo, enojo, frustración, cansancio. Para erradicar —o, al menos, controlar— este tipo de sentimientos es importante conocer sobre inteligencia emocional.

El psicólogo y periodista estadounidense, Daniel Goleman, fue el primero en utilizar este término para definir la habilidad de reconocer los sentimientos propios y ajenos; esta inteligencia implica cinco habilidades: descubrir emociones y sentimientos, reconocerlos y manejarlos, crear una motivación propia, y gestionar las relaciones personales. Si una persona logra entender sus sentimientos, entonces será capaz de razonar sus estados emocionales y actuar en consecuencia.

La inteligencia emocional también puede definirse como el equilibrio entre la razón y el sentimiento; ambos partes fundamentales y únicas del ser humano. La relación entre ambas cualidades permite un mayor rendimiento en la toma de decisiones y la realización de actividades. Sin embargo, mantener este equilibrio no es una tarea fácil. De acuerdo con un estudio realizado por el Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UNAM, el 60% de los universitarios padecen estrés causado por los horarios y el nivel de exigencia académica, especialmente en carreras como Medicina y Odontología.

Si los jóvenes no conocen los sentimientos que desencadenan las responsabilidades académicas, no podrán realizar un buen desempeño en estas actividades: en una semana se tiene que entregar dos trabajos finales, un ensayo, más un examen, evidentemente el estrés aumenta. La jerarquía de prioridades permite organizar tiempos para desempeñar cada actividad, pero si esta organización fracasa el sentimiento de culpa aumenta, en general, la persona se siente frustrada o insatisfecha con su desempeño. Para poder descubrir las emociones se necesita de una introspección personal “¿quién soy?, ¿cómo defino mi carácter?, ¿por qué me siento así?”; una vez resueltas estas preguntas, se puede abordar la metodología de Goleman: poder razonar la emoción y actuar.

Pero si ya existe una metodología científica para erradicar este problema ¿por qué nadie la conoce? O, en su defecto, si la conocen ¿por qué no la llevan a cabo? La exploración de los sentimientos y emociones personales es un problema tabú en la comunidad estudiantil; difícilmente alguien que se siente mal dice aquello que lo aflige, existe el miedo constante a la estigmatización de los trastornos mentales. Pero volvemos a lo mismo, todo está en la mente y cómo reflexionamos esos sentimientos.

Si se siguen los pasos que propone Goleman se llegará a la motivación propia y la correcta gestión de las relaciones personales, esto quiere decir que la persona entra en un estado de ánimo positivo porque se rodea de personas que comparten esa emoción. Sencillo, ¿no? Sin embargo, el problema no es cómo obtener ese resultado, sino el iniciar el proceso de conocimiento emocional. La mente de una persona es única y compleja por lo que la disposición para resolver problemas es un elemento vital, incluso más importante que un proceso científico. Esta disposición proviene de la primera educación que recibió y, sobre todo, del manejo personal de las emociones.

A pesar de que existen programas en la universidad que ayudan al conocimiento de las emociones personales, la tendencia marca que en 2017 se registró una incidencia del 157.31 de personas con depresión en un rango de edad de 15 a 19 años y de 151.13 en jóvenes de 20 a 24 años en la Ciudad de México. Por lo que es claro que hay un grave problema sobre la inteligencia emocional; no existe la suficiente difusión de ésta. Los universitarios sólo se enfocan en acabar con sus responsabilidades a como dé lugar sin darse un tiempo para entender cómo se sienten.

El hecho de que acabe el semestre no significa que sea el final de la vida. Sólo es un proceso de evaluación del desempeño académico y se repetirá durante toda la licenciatura. La energía negativa que se esparce en los salones y pasillos es tan contagiosa como las paperas, crea un ambiente hostil que condiciona el sentido emocional de los estudiantes. Si se elimina esta creencia, los cierres de semestre serían completamente diferentes y se reduciría la cifra de alumnos con estrés o depresión.

Expresar lo que sienten los estudiantes es una manera de liberación emocional que da lugar a la razón. La idea de cubículos de desahogo no es tan descabellada considerando que se debe conocer y comprenderlas emociones. Una manera de hacerlo es expresarlas. Ocultarlas no ayuda a entender, en consecuencia, no se podrá llegar a la razón. Un ejemplo de esta iniciativa es “The cry closet” de la universidad de Utah que busca dar un espacio a los estudiantes para que liberen su estrés.

Tomar una pausa para reflexionar sobre las emociones evitaría la angustia que generan las evaluaciones finales. Probablemente no sea la gran solución a todos los problemas de los universitarios, pero abre la posibilidad al diálogo emocional. Entender tus sentimientos y emociones puede sonar tan desafiante como un examen o trabajo final; cuando sientas que todo falle sólo recurre al método más sencillo: Expresarlas, no ocultarlas.