Jaulas: maternidad en prisión

LO QUE OPINA LA RAZA

Entrar al sistema penitenciario siendo mujer, como menciona la antropóloga Cristina Palomar, significa tener dos sentencias: la penal y la social. Las instituciones carcelarias reproducen las “cadenas de género”, es decir, los roles que se encargan de definir las formas correctas de actuar y ser de las mujeres; delinquir definitivamente no entra en ellas. La mujer comete un delito y el sistema y la sociedad son sus más duros jueces. No hay herramientas verdaderas que permitan una reinserción plena en la vida cotidiana de ser mujer y todo lo que implica. No hay oportunidad de levantar el vuelo.

Hay una gran variedad de estudios que retratan la terrible realidad que significa pertenecer a una población históricamente discriminada: desde el aislamiento en lugares físicos no diseñados para una presencia femenina, hasta autogobierno, cobros, privilegios, abuso sexual, el clima de violencia y un hueco gigante de políticas públicas orientadas a las mujeres privadas de su libertad.

Sin embargo, dentro del marco del análisis de la población femenina en reclusión, existe una situación que parece pasar desapercibida y que es la sentencia más dura de todas: vivir la maternidad entre rejas. Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) existen alrededor de 549 niños de una media de edad de 6 a 12 años viviendo con sus mamás en prisión. No obstante, diversas organizaciones civiles alertan que la dinámica de las cárceles mexicanas impide saber el número exacto.

El tema de la maternidad en prisión puede analizarse desde diversas aristas, y es de suma importancia para posicionarse en el debate público, pero también es esencial salir de nuestros cubículos intelectuales y observar la realidad. El análisis debe ir más allá de cifras y estadísticas; es necesario visibilizar que el sistema penitenciario espera lo mismo de la mujer que la sociedad: su versión ideal.

Pareciera, entonces, que el debate gira en torno a si los niños o niñas deben permanecer con su madre aún en reclusión y no si la mujer está en condiciones, o peor aún, si realmente quiere serlo. Pero, a decir verdad, es la punta del iceberg. Estamos hablando del resultado de inequitativas condiciones sociales, políticas y económicas que oprimen a la población femenina y que impiden su posibilidad de enfrentar una vida al regresar a la libertad. El verdadero problema es la inexistencia de la ocupación del sistema penitenciario por las mujeres y sus necesidades, así como las de sus hijos e hijas, que al mismo tiempo reproduce un sistema que pone en jaque a las mujeres: la mitificación histórica y cultural de la maternidad.

La antropóloga e investigadora Marcela Lagarde define el sincretismo de género como la satisfacción del deber de cuidar que se nos inculca a las mujeres, promocionada ni más ni menos que por la sociedad patriarcal. Al mismo tiempo, tenemos que tener el deseo de lograr nuestros objetivos y desarrollo individual que exigen este mundo moderno: somos las mujeres quienes debemos cuidar del otro por nuestras cualidades sensibles y amorosas, pero existe esa semilla que alienta en nosotras el deseo de hacernos de un lugar en el congestionado espacio público. La contradicción del sincretismo de género deviene, principalmente, en el concepto del maternazgo.

 Resignificar la maternidad en prisión es hablar de un deber ser. Es hablar de un ideal, en términos más complejos, que la mujer también busca en libertad. Ser madre implanta en las mujeres una identidad y le da completo sentido al encierro. Estudios sociológicos, como el de la doctora Verónica Montoya González, arrojan que las madres en cárceles presentan características especiales provocadas no sólo por el espacio físico en el que se encuentran, sino también por la interiorización del concepto de ser madre que toman como una manera de rehabilitación social. El sincretismo de tener que salir adelante sin soltar los roles impuestos.

En México, la situación es que a un niño se le acomoda todo un escenario para hacerle pensar que lleva una vida normal; es que puedes nacer con una condena, por ley, de al menos seis años. La situación es que no tienes la edad suficiente para saber que eres una víctima indirecta de un sistema injusto. Es, también, que careces de seguridad médica, de políticas públicas y un Estado que proteja tu vida y defienda tus derechos. Y cuando es hora de abandonar la jaula, las repercusiones no solamente son graves para el niño, pues la mujer debe reestructurar su vida en confinamiento sin su compañía. El beneficio de embarazarse en reclusión no sólo es social: también es jurídico. Puedes evitar ser enviada a una cárcel federal o aislamiento. El beneficio es para todos, menos para nosotras. Pasas de ser reclusa, a ser reclusa y madre de tiempo completo, hasta el doloroso momento de separación.

Terminar con la violencia en el país es también focalizar el eje penitenciario: es una institución completamente fallida, pero lo es al triple para las mujeres. La reclusión con perspectiva de género debe ser una prioridad para las autoridades, y eso conlleva a un análisis de los problemas que existen, entre ellos, el de la maternidad y los derechos de los niños dentro de las cárceles. Hace unos años, el sistema penal ni siquiera reconocía a los niños que viven con sus madres como parte de la población de la cárcel.

La maternidad debe pasar de ser un asunto de redención en prisión a ser un problema de violación de derechos humanos que merece atención y una completa reestructuración del sistema. Necesitamos urgentemente separar “mujer” de “madre”, y darle la vuelta al sincretismo que, como una cárcel dentro de la cárcel, agobia a aquellas a quienes cortaron las alas.

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