No se dice «muertas»

LO QUE OPINA LA RAZA

Por Jesús Delgadillo

Imaginemos. Su madre, su hermana, su pareja, su hija, su vecina, su amiga o su colega ha muerto. Corrección: fue asesinada por un hombre. Pero eso no es todo, porque de ser así ¿qué tendría de interesante? Desde el inicio se trató de algo trágico. Corrección: fue víctima de un delito, un feminicidio. Jamás regresó a casa. Usted la esperó y las horas se hicieron días, los días se hicieron semanas y las semanas se hicieron meses. Cuando por fin se le encontró, su ser querido estaba reducido a lo irreconocible. Corrección: su cuerpo desmembrado ya se encontraba en estado de descomposición. Pesaba más su recuerdo que sus restos. Y como lo dicta el debido proceso se hizo un velatorio, un funeral y un sepelio.

Para algunos mexicanos, este ejercicio —esta pesadilla que nos hemos permitido experimentar aún despiertos— es, al día de hoy y por el resto de sus vidas, una realidad. Según un estudio realizado en 2017 por ONU Mujeres, el INMUJERES y la SEGOB, entre 1985 y 2016 hay un acumulado 52,072 defunciones femeninas con presunción de homicidio (DFPH) en el país. Tan sólo en 2016, 2,764 mujeres fueron asesinadas, lo que es equivalente a 7.5 feminicidios al día. Y en lo que va del 2018 la SEGOB registra un total de 402 mujeres víctimas de feminicidio, de las cuales 39 fueron asesinadas en el Estado de México, entidad líder de la estadística.

Este protagonismo no es desconocido para el Edomex quien en 2017 fue también la entidad federativa con más mujeres, adolescentes y niñas desaparecidas. 1790 registros. Sin embargo, la estrella de esta corona de rosas —y espinas— es el municipio de Ecatepec que se encuentra en alerta de género desde el 2015; el año pasado registró 21 feminicidios y hoy vuelve a brillar con el Monstruo. Corrección: Juan Carlos N.

Los recientes hechos y declaraciones del caso de Ecatepec, irresponsablemente editados y difundidos a través de algunos medios privados e institucionales, nos recuerdan mucho a otro municipio, a otro estado, que hace no mucho también apestaba a sangre seca y huesos rotos. Corrección: Ciudad Juárez, Chihuahua. De 1993 a diciembre del 2008, según el informe “Homicidios de Mujeres en Ciudad Juárez”, elaborado por la Procuraduría de Chihuahua, eran alrededor de 447 las Muertas de Juárez. Corrección: las mujeres asesinadas con una edad de entre 10 y 35 años, la mayoría trabajadoras y estudiantes de clase baja, víctimas de violencia doméstica, misoginia y violencia de género, muchas aún sin encontrar y aún más con familiares y amigos que esperan que su asesinato no quede impune.

La muerte nos es familiar. Es un destino universal e irrevocable. Desde que nacemos lo hacemos con la única certeza de que algún día vamos a perecer. No sabemos cómo ni cuándo, que ahí es donde está la sorpresa, pero siempre podremos estar seguros del qué. Al asistir a un velorio, a un funeral o a un sepelio jamás preguntamos —después de un necesario pésame— si la persona ha muerto. Es obvio. Por lo tanto, catalogar de “muertas” a las mujeres víctimas de feminicidios es simplemente estúpido. Tan estúpido como asistir a un funeral y preguntar en qué momento la persona dentro del ataúd se levantará para dar unas palabras en agradecimiento por haberla acompañado.

Sin embargo, este detalle tan sencillo parece escapar a algunos periodistas, medios y, por supuesto, a algunas instancias públicas que con su “corrección política” (lenguaje no incluyente), su “ignorancia” (esta sí es ignorancia) y su “colusión” con los agresores (no se tome de forma literal, sino medianamente figurada) siguen perpetuando la violencia de género. Esto a través de la unidad más básica del lenguaje: las palabras.

Olga Burgos García, doctora en Estudios de Género por la Universidad de Sevilla, realizó un análisis en el que detalla las formas en la que es tratada la violencia de género en los medios de comunicación. A partir de este análisis, Burgos García, generó una serie de recomendaciones, las cuales sintetizo y ejemplifico a continuación.

1.La violencia no es un suceso más. Hay que evitar el morbo, endulzar y normalizar los hechos ante la insensibilización de la audiencia. Se debe mantener el justo equilibrio y proporción en su tratamiento como noticia y como hecho sociológico reprochable penalmente.

El caso de la niña Ana Lizbeth asesinada en el estado de Nuevo León adquirió gran importancia por tratarse de una menor. Algunos medios cubrieron los hechos como una tragedia, convirtiendo el crimen en un asunto vulgar y amarillista. A partir de las primeras horas del caso de Juan Carlos “N” los medios hicieron un seguimiento imparcial y sesgado que buscaba llamar la atención de la audiencia más que informarla sobre los crímenes y sus posibles perpetradores.

2. Es importante nombrar a la violencia sobre las mujeres correctamente y con rigor. Nombrar correctamente como sucede en la ley: no es lo mismo “violencia doméstica”, “misoginia” y “violencia de género”; lo mismo con “homicidio” y “feminicidio”.

La categoría que algunos medios e instituciones gubernamentales sembraron en el colectivo social como “Las Muertas de Juárez” es uno de los ejemplos más claros de cómo las palabras pueden sobre-simplificar y sesgar ciertos hechos y crímenes. De la misma manera la categoría de “Monstruo” que se le ha adjudicado a Juan Carlos “N” no sólo lo deshumaniza, además le resta responsabilidad por sus asesinatos.

3. No se deben usar los estereotipos de género para “justificar conductas delictivas”, tratar de minimizar los hechos, defender la conducta o atenuar su comportamiento.

Las primeras declaraciones de la PGJCDMX acerca del caso Lesvy Rivera la catalogaban como drogadicta, alcohólica y desempleada. Tuvo que seguir la investigación para que se dictaminara que no fue un suicidio, sino un feminicidio perpetrado por la expareja de Lesvy.  En el caso de Juan Carlos “N” en Ecatepec se ha justificado de distintas maneras. Algunos medios han utilizado su contexto y hechos personales (infancia con violencia doméstica, abuso sexual, etc.) para generar un perfil que no se decide entre catalogarlo a priori como enfermo mental y asesino, o quitarle toda responsabilidad sobre sus actos.

La cháchara en el funeral puede ser incómoda, sin embargo, las memorias, los recuerdos, y los hechos irremediablemente se sociabilizan. Lo que nos interesa, de manera inocente o morbosa, es saber cómo y cuándo falleció la persona. En un intento por terminar el retrato del difunto, por darle el significado final a su vida, preguntamos si se fue en paz o si sufrió.

La muerte nos es familiar, pero son las formas y los motivos los que verdaderamente nos determinan como mortales, como seres humanos. Mientras no tratemos de manera pública y sensata a las mujeres asesinadas como víctimas de violencia de género; como presas de un sistema machista y patriarcal que se esfuerza, desde sus medios de comunicación, por corregir, modificar y borrar los crímenes y sus perpetradores. Entonces seguiremos matando —corrección: asesinando— la oportunidad de devolver la humanidad a estas mujeres y hacer justicia, aunque esta venga post mortem.

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